Dibujo de Fernando Ujía (San Nicolás del Puerto, 1998) Dicen en San Nicolás
que el pájaro de San Diego
ya no bebe en Galindón,
ahora bebe en el venero,
que el agua que Galindón
recibe desde San Pedro,
ya no llega cristalina,
ni brilla como un lucero,
ni moja con la frescura
que cuentan los lugareños.
Y dicen que más arriba,
un nogal enorme y viejo,
altivo como el castillo
que Alanís tiene en un cerro,
se ha caído sobre el cauce
del Arroyo de San Pedro.
Sus hojas eran enormes
como velas de un velero,
su tronco y sus ramas altas
y duras como el acero,
sus nueces como naranjas,
su sombra era la de un templo.
En ella hace muchos años,
cuando corría el riachuelo,
de galápagos y ranas,
de verdinas y de berros,
el agua se sosegaba
y formaba un arenero.
En un cortijo cercano
cinco hermanos crecieron
e hicieron de aquella sombra
su fresco cuarto de juegos.
Los dos varones mayores
enseñaban al pequeño
sus pescas y sus carreras
de barcos de corcho seco.
Desde esta sombra guardaban
con plomos y un fusil viejo,
los frutos que en el verano
luce el vecino cerezo,
al que saquean las urracas,
zorzales y mirlos negros.
Tumbadas bajo las ramas
mirando las dos al cielo,
las dos hermanas morenas
señalaban con sus dedos
los rayos que el sol filtraba
entre las hojas del templo.
En ella el agua era fresca,
estar en ella era un sueño.
Dicen en San Nicolás
los corrillos callejeros,
que el arenero no está,
que los hermanos se fueron,
que las raíces del nogal
se han podrido con el tiempo,
que la sombra gigantesca
que enfriaba el arroyuelo,
se la arrancó un temporal
con soplos de fuerte viento.
Verde y lozano en su copa,
malherido en sus cimientos.
Dicen los más cercanos
que han visto dando un paseo
que a trozos se lo llevaba
de su plaza un carpintero.
Mas…, hay rumores que dicen
que aquel arroyo de juegos
nunca dejó de correr,
sólo se ha escondido un tiempo,
que han vuelto allí los hermanos
y hay otro nogal creciendo.
Y dicen que en Galindón
el pájaro de San Diego,
se para por las mañanas
cuando va para el venero,
y prueba el agua que baja
del Arroyo de San Pedro,
moja sus plumas de plata
se sonríe y mira al cielo.
que el pájaro de San Diego
ya no bebe en Galindón,
ahora bebe en el venero,
que el agua que Galindón
recibe desde San Pedro,
ya no llega cristalina,
ni brilla como un lucero,
ni moja con la frescura
que cuentan los lugareños.
Y dicen que más arriba,
un nogal enorme y viejo,
altivo como el castillo
que Alanís tiene en un cerro,
se ha caído sobre el cauce
del Arroyo de San Pedro.
Sus hojas eran enormes
como velas de un velero,
su tronco y sus ramas altas
y duras como el acero,
sus nueces como naranjas,
su sombra era la de un templo.
En ella hace muchos años,
cuando corría el riachuelo,
de galápagos y ranas,
de verdinas y de berros,
el agua se sosegaba
y formaba un arenero.
En un cortijo cercano
cinco hermanos crecieron
e hicieron de aquella sombra
su fresco cuarto de juegos.
Los dos varones mayores
enseñaban al pequeño
sus pescas y sus carreras
de barcos de corcho seco.
Desde esta sombra guardaban
con plomos y un fusil viejo,
los frutos que en el verano
luce el vecino cerezo,
al que saquean las urracas,
zorzales y mirlos negros.
Tumbadas bajo las ramas
mirando las dos al cielo,
las dos hermanas morenas
señalaban con sus dedos
los rayos que el sol filtraba
entre las hojas del templo.
En ella el agua era fresca,
estar en ella era un sueño.
Dicen en San Nicolás
los corrillos callejeros,
que el arenero no está,
que los hermanos se fueron,
que las raíces del nogal
se han podrido con el tiempo,
que la sombra gigantesca
que enfriaba el arroyuelo,
se la arrancó un temporal
con soplos de fuerte viento.
Verde y lozano en su copa,
malherido en sus cimientos.
Dicen los más cercanos
que han visto dando un paseo
que a trozos se lo llevaba
de su plaza un carpintero.
Mas…, hay rumores que dicen
que aquel arroyo de juegos
nunca dejó de correr,
sólo se ha escondido un tiempo,
que han vuelto allí los hermanos
y hay otro nogal creciendo.
Y dicen que en Galindón
el pájaro de San Diego,
se para por las mañanas
cuando va para el venero,
y prueba el agua que baja
del Arroyo de San Pedro,
moja sus plumas de plata
se sonríe y mira al cielo.
© Leopoldo F. Espínola Guzmán, julio de 2009






