viernes 3 de julio de 2009

Romance del viejo nogal

Dibujo de Fernando Ujía (San Nicolás del Puerto, 1998)


Dicen en San Nicolás
que el pájaro de San Diego
ya no bebe en Galindón,
ahora bebe en el venero,
que el agua que Galindón
recibe desde San Pedro,

ya no llega cristalina,
ni brilla como un lucero,
ni moja con la frescura
que cuentan los lugareños.

Y dicen que más arriba,
un nogal enorme y viejo,
altivo como el castillo
que Alanís tiene en un cerro,
se ha caído sobre el cauce
del Arroyo de San Pedro.
Sus hojas eran enormes
como velas de un velero,
su tronco y sus ramas altas
y duras como el acero,
sus nueces como naranjas,
su sombra era la de un templo.
En ella hace muchos años,
cuando corría el riachuelo,
de galápagos y ranas,
de verdinas y de berros,
el agua se sosegaba
y formaba un arenero.

En un cortijo cercano
cinco hermanos crecieron
e hicieron de aquella sombra
su fresco cuarto de juegos.
Los dos varones mayores
enseñaban al pequeño
sus pescas y sus carreras
de barcos de corcho seco.
Desde esta sombra guardaban
con plomos y un fusil viejo,
los frutos que en el verano
luce el vecino cerezo,
al que saquean las urracas,
zorzales y mirlos negros.

Tumbadas bajo las ramas
mirando las dos al cielo,
las dos hermanas morenas
señalaban con sus dedos
los rayos que el sol filtraba
entre las hojas del templo.
En ella el agua era fresca,
estar en ella era un sueño.

Dicen en San Nicolás
los corrillos callejeros,
que el arenero no está,
que los hermanos se fueron,
que las raíces del nogal
se han podrido con el tiempo,
que la sombra gigantesca
que enfriaba el arroyuelo,
se la arrancó un temporal
con soplos de fuerte viento.
Verde y lozano en su copa,
malherido en sus cimientos.
Dicen los más cercanos
que han visto dando un paseo
que a trozos se lo llevaba
de su plaza un carpintero.

Mas…, hay rumores que dicen
que aquel arroyo de juegos
nunca dejó de correr,
sólo se ha escondido un tiempo,
que han vuelto allí los hermanos
y hay otro nogal creciendo.
Y dicen que en Galindón
el pájaro de San Diego,
se para por las mañanas
cuando va para el venero,
y prueba el agua que baja
del Arroyo de San Pedro,
moja sus plumas de plata
se sonríe y mira al cielo.

© Leopoldo F. Espínola Guzmán, julio de 2009

viernes 26 de junio de 2009

Mártires inútiles


Estéril desierto de desvaríos
que invades con dolor los verdes valles
tornando fríos nichos nuestras calles,
roja sangre el agua de nuestros ríos.

Sequía intolerante del pensar
que minas de la fe sus regadíos
y reduces a páramos baldíos
palabras del que anduvo sobre el mar.

Semilla de abrojo, maleas el lecho
del terreno que queda por sembrar,
y el camino que resta por andar
amenazas truncar en un barbecho.

Lluvia de versículos deformados
llagados a estilete bajo el pecho,
escondes a los hombres el derecho
a creer en libertad sin ser penados.

Afligir indefensos corazones
vienen prestos tus vástagos armados,
mártires inútiles entregados
en honor de una fe sin concesiones.

¿Cómo fortificar nuestra morada
y defenderla de estos bravucones
que amparados tras áridas razones
amargan nuestra vida prosperada?

Derruimos arduos muros paso a paso,
quemamos de la linde la alambrada,
auxiliamos a la tierra asolada
cuando el mundo la sumerge en su ocaso.

¿Qué venganzas de antaño les dominan,
qué rencores infunden tal retraso,
qué sentido común les dio este vaso
repleto del desprecio que adoctrinan?

Legiones del terror, que no soldados,
en negras tumbas sin nombrar se hacinan,
jóvenes sin destino que encaminan
su existir a una lucha sin legados.

Hemos de soportar estos azotes
castigo de los pueblos olvidados
y luchar para unir nuestros estados,
por salir de esta cárcel sin barrotes.

© Leopoldo F. Espínola Guzmán, junio de 2009

lunes 22 de junio de 2009

Martiánez

Al Puerto de la Cruz (Tenerife),
mi segunda casa.
A veces irrumpe el ruido,
estilete en la soledad,
azorando a la palabra
justo antes de los versos
y su lacio sosiego alado.

A veces es preciso el mar
y el cielo, y otras solo
el silencio … y callar.

Una conversación extraña
a las palmeras que vierten
la brisa desde sus brazos,
calcina cada fonema que crece
en la serena quietud del alma.

¡Callad, dejad que hable el mar!
¡Oíd el silencio y callad…! La mar.
¿Veis?..., la roca negra habla.
¡Dejad que susurre la marea,
que vive y muere cada día!
¡Dejad que hablen las olas
a la roca negra de magma
y al arenal angosto y oscuro,
forastero de aquel acantilado!
¡Callad, callad…, la mar!
¡Sentid, la roca yerta habla!
¿No oléis la sal en el rescoldo?

A veces, ni el bronce
de San Telmo agitado
en la espadaña al norte
podría acallar ni una
sola estrofa. Ni el magma
vencido y reo bajo la nieve
yerta del calmo volcán.
Tan solo unos versos
fugaces forjados
en el ajado terrazo,
rodeado de océano y
una farola olvidada.

© Leopoldo F. Espínola Guzmán, junio 2009

jueves 18 de junio de 2009

Poetas del polígono

No veo poetas con la boina de pana desgastada
en el polígono noria de los burros con trajes y
carpeta de producción de mentiras más baratas.
Si veo prisas porque no hay hueco para aparcar.

Maletines que ocultan a propósito de dinero negro
sospechosos de ser embutidos de cesta de navidad
que paga con horas extra una barra de pan chicloso
y la competencia desleal de tener por tener más.

Jefes con traje de oro, madrugón para la prensa
y jamón con tomate descafeinado de máquina.
¿Me das un vaso de agua…?, con gases por favor.
Me das por tener para que otros no tengan.

Enamorados de al trabajo en Jaguar en la puerta
y otro como yo le saca brillo. Dame pan y dime…
risas de mirada extraña y ruidosas…, de gañote.
Tengo que tener más que el que más tenga.

Jefes con chaqueta sucia y media con aceite
café cargado las gafas de un golpe en la mesa
y problemas de tensión ¡Deje de ser población
activa parada para tener más a cambio de un infarto!

Necesito este trabajo amargo en el polígono noria
de burro cegado ocho horas y cuarto para merienda.
Necesito blanquear los euros impagados al que tiene…,
y la sartén ¡Qué suerte estar vivo!... de prestado.

© Leopoldo F. Espínola Guzmán, junio 2009

miércoles 10 de junio de 2009

Oráculo


Más allá del ocaso y su fuego,
cuando los pájaros apresuran
su sueño entre grises de alameda,
suelo entregarme al silencio
y me dejo mecer en su marea.
Como Ícaro, tal vez, sé cómo volar.

Me arrastra este alud de fechas
y temo callado al fluir de la arena
que cubre segundos tras el vidrio.

Sé que al otro lado de este mar
que engrana hábitos y miedo,
allanando de un trazo el horizonte
el hombre es libre en su soledad.
Y este breve esbozo es intenso
pues no hay lugar para las horas.

Suelo contarlo a los pájaros y al viento:
yo sé, tal vez, el camino de la vida.
Ese puente invisible entre las nubes
que cruza como el arco iris -luz y agua-
la negada frontera entre el ser y el alma.

Mientras, la arena trajina su devenir
de vidrio a vidrio, de espera en espera.
Yo sé, tal vez, del paso firme para escapar.

Y suelo dudar y preguntarle al viento
enredado en la fronda de las antenas
donde anidan los que huyen de la vida:
¿qué atenaza al hombre a esta febril rutina,
a esta noria que extirpa su crepúsculo,
que gira enfilada como las ovejas
tras la esquila de oro -como en el Sinaí-
tras la corte hipócrita de sus iguales?

Solo el poeta busca los pasos de la libertad.
Solo el poeta a visto las huellas del hombre
antes que el sendero ascienda quebrado.
Solo el poeta vagará contra el deshoje
inevitable de los días, sin dudar ni un paso,
cada fonema, cada verso, cada poema.


Esta es la materia de las alas que muestro:
si resultan frágiles, al rozar el sol, prenderán.
Entonces, el hombre habrá dudado
y el poeta, torpemente, perecido.


© Leopoldo F. Espínola Guzmán, junio 2009

jueves 4 de junio de 2009

Mariposas

Bordan el aire las frágiles flores
con alas de seda. Vuelan las rosas,
lilas, malvas, orquídeas preciosas
surcan el viento y adornan amores.

Cabalgan la brisa inquietos colores,
verdosos y azules. Dalias fogosas
navegan los campos. Las mariposas
a la primavera cubren de honores.

Se lucen, se alzan, planean, se posan,
y al cáliz de polen, dulce legado,
con labios sin fin besan sigilosas.

Sobre su tiempo fugaz se retozan
llamativas y alegres. Delicado
paso para estas vidas tan hermosas.

© Leopoldo F. Espínola Guzmán, junio 2009

lunes 25 de mayo de 2009

Envite a la muerte

Sobre el ruedo de oro un brillo de acero.
Sable mortal para el arte empuñado.
Al encuentro con la muerte, el astado
huele su aliento entregado al albero.

Suerte de sangre, de estoque torero.
En la siniestra el engaño amansado.
Calla el tendido. El murmullo ha cesado.
Inquieta el silencio en los burladeros.

Fija su mirada el diestro en el toro.
El toro humilla su arrojo agotado.
¡Un rápido amago! ¡Un seco gemido!

¡Manoletinas! ¡Volapié grana y oro!
Pitones y espada se han encontrado.
Envite a la muerte de fiesta vestido.

© Leopoldo F. Espínola Guzmán, mayo de 2009