Para
contarte esta tierra que me sostiene podría
iluminarte
los ojos con mis pasos por la dehesa,
en el
amanecer mojado, cuando renazco del rocío,
de la
arcilla y de la hierba, cuando me alimento
de los
senderos que bruñe el silbo dorado de la oropéndola.
Podría
salpicarte las pestañas con el efluvio calizo
de las
heladas y sombrías sonrisas del Huéznar,
que dan
aroma al roble y al cristal de estas palabras.
O
soplarte la frente como el anaranjado cierzo
que
atiza los atardeceres de fuego de Hamapega,
cuando
el Sol aloque del otoño viene hasta la jara
desde
las murallas que sepultan el tiempo.
Sin
embargo, no te contaría todo si no excavaran
estos
versos los inicuos cimientos de lágrimas
que
arañan los jornales para la vida de los hombres,
puertas
cerradas por boscosas leyes que desdeñan
los
astiles del oficio, que pudren la veta de las manos,
los
surcos que labra la escarcha del olivar en los rostros,
la
usura de la miseria, porque los de esta sierra no otean
más
horizonte que la incertidumbre de una cosecha.
Para
contarte esta sola tierra que me sorberá ese día,
acabo
hablándote de un edén lánguido y alejado al norte,
-justo
en el orillo de la bandera blanca y verde-
al que
los vientos de la avidez, tristemente deshilachan.
Leopoldo
F. Espínola, octubre 2011
(Cuadernos de Roldán, nº 72)

¡Qué bonito poema!y qué sentimientos tan hondos transmite.Gracias por tu visita a mi blog y ahora soy yo quien te leo y con mucho gusto me quedo.Un abrazo Pepi Barragán.
ResponderSuprimirUn poema lleno de emotividad y mensajes ocultos entre la vida y la muerte. ¡Felicidades! por tu arte.
ResponderSuprimirUn saludo.