Hamapega es una montaña donde se tuesta al sol la poesía
sin cremas ni cristales polarizados,
donde el cierzo templa los versos
como una cometa libre del hilo,
donde sueño en sendero de tinta y cada paso huella un poema.
En Hamapega, en lo que doy un paso abono campos para la vida
donde sembrar ideas sin incendiar rastrojos.
Limpio una amplia era donde aventar canciones de paz.
En lo que dura un poema arraso las ciudades del destierro
que acalló los corazones,
excavo cimientos donde enterrar errores,
donde enclavar las palabras perdón, abrazo, amigo,
como inextinguibles estatuas de bronce.
Allí arriba, en lo que huello un sendero borro los colores del mapa,
corto la alambrada que sangra junto a la aridez del hambre,
junto al mar que late muerte,
donde la sal endulza el miedo al pisar los arenales de la esperanza.
En lo que templo un verso destruyo el espejo
que llena el corazón de mentiras,
libero el pecho preso de vergüenzas y temores,
desnudo de falsas vestiduras la humildad
entristecida bajo alegres colores materiales.
En lo que vuelan las palabras en Hamapega,
crezco entre las rocas del acantilado
que socava el mar de las horas,
como una rama sólida y efímera en la que sujetar la mirada
y leer sin vértigo las olas que arrastran la vida hacia el abismo,
para hacer de las palabras alas y de la caída, vuelo
que nos lleve planeando hasta el ocaso.
El ocaso no es una mortaja fría desde los senderos de Hamapega.
Hamapega es la montaña donde se tuesta al sol la poesía
sin cremas, ni cristales polarizados,
donde el cierzo templa los versos como una cometa sin hilo,
donde sueño en sendero de tinta y las pisadas dejan poemas.
© Leopoldo F. Espínola, julio de 2010
sin cremas ni cristales polarizados,
donde el cierzo templa los versos
como una cometa libre del hilo,
donde sueño en sendero de tinta y cada paso huella un poema.
En Hamapega, en lo que doy un paso abono campos para la vida
donde sembrar ideas sin incendiar rastrojos.
Limpio una amplia era donde aventar canciones de paz.
En lo que dura un poema arraso las ciudades del destierro
que acalló los corazones,
excavo cimientos donde enterrar errores,
donde enclavar las palabras perdón, abrazo, amigo,
como inextinguibles estatuas de bronce.
Allí arriba, en lo que huello un sendero borro los colores del mapa,
corto la alambrada que sangra junto a la aridez del hambre,
junto al mar que late muerte,
donde la sal endulza el miedo al pisar los arenales de la esperanza.
En lo que templo un verso destruyo el espejo
que llena el corazón de mentiras,
libero el pecho preso de vergüenzas y temores,
desnudo de falsas vestiduras la humildad
entristecida bajo alegres colores materiales.
En lo que vuelan las palabras en Hamapega,
crezco entre las rocas del acantilado
que socava el mar de las horas,
como una rama sólida y efímera en la que sujetar la mirada
y leer sin vértigo las olas que arrastran la vida hacia el abismo,
para hacer de las palabras alas y de la caída, vuelo
que nos lleve planeando hasta el ocaso.
El ocaso no es una mortaja fría desde los senderos de Hamapega.
Hamapega es la montaña donde se tuesta al sol la poesía
sin cremas, ni cristales polarizados,
donde el cierzo templa los versos como una cometa sin hilo,
donde sueño en sendero de tinta y las pisadas dejan poemas.
© Leopoldo F. Espínola, julio de 2010
una hermosa montaña
ResponderSuprimiren un hermoso poema dibujado
con olores y sensaciones evicadoras y placenteras
felicitacones Leo
un abrazo
Precioso Leo, un poema realmente precioso.
ResponderSuprimirBesos.
Aquí vuelo...
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